Explotación, maltratos y amenazas: la sufrida historia de la mujer que escapó de la colonia menonita de La Pampa


María Unger Reimer, de 34 años, nació y creció en un contexto de violencia extrema en el pueblo pampeano de Guatraché. Fue la primera en huir. Ahora expone un sistema de sometimiento que se ampara en la religión y que define como un infierno

En la colonia menonita Nueva Esperanza, del pueblo pampeano de Guatraché, hay un reloj que marca que son casi las 20 horas del domingo 8 de febrero de 2026. Hay calles arenosas y anchas, campo infinito, caldenes, molinos y vacas Holando Argentino. Hay tractores con ruedas de hierro y algunas iglesias donde se siguen las enseñanzas de Menno Simons, el religioso anabaptista que creó la comunidad hace 500 años en Europa. Hay polvareda de caballos y carros que por acá llaman “boogies”. Hay un nene rubio, muy rubio, que juega con un juguete réplica de un tractor John Deere.

Girasoles que buscan al sol. Una vaca, dos, cientos de vacas y algunos tambos. Un taxista de Guatraché que come un sándwich de jamón y queso en uno de los mercaditos. Pinos, fábricas de galpones y mueblerías con los mejores muebles de la región. Turistas que sacan fotos a una colonia que parece ser de la Edad Media. Perros, gatos y palomas. Y está María, de 34 años, que sale de una casa y corre por su vida. Hay gritos y golpes. La persigue su ex. Poco después, desde una cama del hospital, firma una denuncia. Una denuncia por maltratos, golpizas y hasta por el secuestro de sus dos hijas.

La colonia menonita de La Pampa —ubicada a unos 150 kilómetros al sudeste de Santa Rosa, en proximidades del límite con la provincia de Buenos Aires— comenzó a conformarse en 1986, con familias que llegaron principalmente desde México.

Hoy hay unas 2 mil personas que se dedican, sobre todo, a la actividad rural, la carpintería y la agroindustria. Venden silos, galpones y otros implementos agrícolas en todo el país.

Los menonitas son cristianos, de origen protestante. Exigen la separación del Estado y la Iglesia. No votan, no participan en política y no hacen el servicio militar. Hablan un alemán antiguo, pero también dominan —principalmente los varones— el castellano.La mujer logró escapar enLa mujer logró escapar en 2019

Solo hay electricidad en las fábricas y mercaditos. La colonia es dominada por obispos y otros jefes, con prácticamente sus propias leyes. Los niños concurren a escuelas con maestros y maestras de la comunidad, con conocimientos mínimos, hasta sexto grado. Luego, la actividad prácticamente se reduce a trabajar de sol a sol e ir a la iglesia.

María fue la primera mujer en escapar de la colonia, de sus leyes estrictas y de los golpes, en 2019. Su historia era desconocida hasta ahora.

Hace 7 años tuvo que dejar a sus dos hijas, hoy de 12 y 15 años, en la colonia. Se fue en colectivo, sin dinero, a Tucumán, donde consiguió trabajo, conformó una nueva familia y tuvo una nena, hoy de 5 años.

Luego volvió por sus dos hijas, que habían quedado en La Pampa, y logró llevarlas a Tucumán. La mayor, de 15 años, estuvo tres años en el norte argentino: cursó la primaria e incluso hizo el primer año de la secundaria, pero luego regresó a Guatraché.

El fin de semana pasado, María condujo su auto desde Tucumán hasta Santa Rosa, para visitar a su madre enferma en el Hospital Favaloro. Después decidió ir hasta la colonia, cuando la hija de 12 años le pidió visitar a su padre.

 con un ojo que todavía tiene morado, marcado por un puño. “Nací y crecí dentro de la comunidad menonita. Ahí aprendí desde chica cuál era mi lugar: callar, obedecer y servir. Las mujeres no decidimos. No votamos. No opinamos. No elegimos. Nuestra función es criar hijos, mantener la casa y someternos a lo que los hombres y la iglesia decidan”, resalta.

“En la comunidad no nos dejan hablar español libremente. Está mal visto. Se habla alemán bajo. Tampoco podemos tener celular. Si te encuentran uno, vienen el obispo y los ministros, te lo sacan, te lo rompen y después te obligan a ir a la iglesia a pedir perdón públicamente. Luego hacen salir afuera a mujeres y niños y adentro de la iglesia se quedan solo los hombres. Ellos deciden si te perdonan o no. El castigo es que no podés hablar con nadie, te aíslan de todos, no podés salir de tu casa por los días que ellos te dicen”, cuenta.

A los 15 años las chicas empiezan a “salir de novias”, relata. Entre los 15 y los 20 las casan. “El mandato es casarse y obedecer. Si después de bautizarte, a los 18, desobedecés, pueden castigarte. Antes del bautismo todavía sos ‘menor’; después ya no hay escapatoria”.

“Yo fui la primera en irme”, dice. “En 2019 me escapé de la comunidad. Me fui en colectivo. Tenía dos hijas. Me fui porque ya no podía más. Porque la violencia psicológica, física, las amenazas y el control constante te destruyen la cabeza. Te dicen que si te vas, vas a ir al infierno, que sos mala, que no tenés salvación, que estás en contra de la voluntad de Dios. Te hacen sentir que no hay salida”, cuenta.

—¿Y cómo fueron esos años de pareja con tu exmarido?

—Con mucho control, porque te controlan todo el tiempo. Ellos hacen lo que quieren, pero la mujer no puede opinar, no tiene derecho a nada. Tenés que hacer todo lo que ellos quieren, y con violencia y todo. Por eso me cansé y me fui. Porque ahí no podés quedarte y separarte. Por eso me tuve que escapar y salir de la comunidad, porque ahí adentro no te permiten separarte.

“Cuando me fui, dejé a mis hijas ahí. Hoy tienen 15 y 12 años. No porque quisiera: nadie quiere dejar lo más preciado de su vida. Fue porque no pude sacarlas en ese momento. El padre había amenazado con denunciarme y sacarme a mis hijas. Conseguí trabajo y volví inmediatamente a buscarlas”, expresa.

Hoy vive en la provincia de Tucumán, en pareja con otro exintegrante de la comunidad menonita. “Conmigo vive mi hija menor. La mayor se quedó con su padre dentro de la comunidad. No porque sea su deseo libre. No lo es. Está viciada por la presión del padre, de la familia y de toda la comunidad. A ella no la dejan hablar español, no tiene libertad, no puede decidir. Me dice: ‘Mamá, yo quiero estar con vos, pero me quieren llevar’. El padre la amenaza, la manipula. Le dice que, si se va con nosotros, él se va a suicidar. Juegan con el miedo de los chicos